Pequeño manual de la conversación

Cuándo hablar y cuándo callar. Saber la respuesta a esta cuestión es fundamental para mantener una conversación. Parece sencillo pero no lo es. A lo largo de nuestra vida, habremos tenido miles de conversaciones. Y estoy seguro de que no estamos contentos con todas ellas.

Hace un tiempo encontré un pequeño diagrama que me impactó por su sencillez. No he conseguido la fuente. Además, he modificado parte del diagrama original.

Como se podrá observar en el esquema, la clave para decidir hablar o callar es si estamos bien informados sobre el tema que se está hablando.

Además, el esquema añade un punto importante. No es solo cuestión de estar informado, sino de si entendemos lo suficiente el tema del que se está hablando o no. En caso de que no entendamos todavía, se repite el ciclo de volver a informarse. En algún momento, cuando por fin nos estamos enterando, salimos de la rotonda y ya podemos participar.

Saltarse este pequeño diagrama nos puede llevar a hablar sin saber, lo cual es un anuncio en voz alta de nuestra doble ignorancia. No solo no sabemos, sino que encima lo dejamos claro.

Por otro lado, seguir el diagrama nos llevará a acumular conocimientos, pues mientras no hablamos, aprovechamos para escuchar y aprender. Además, si el tema nos interesa, siempre podemos dedicar un tiempo a investigar y estar listos por si surge otra conversación.

El simple hecho de decidir si hablar o callar elimina una gran parte de errores de conversación. Por una simple cuestión de estadística, a más palabras pronunciadas, más posibilidad de errores. Tan solo reduciendo a la mitad nuestra participación, habremos bajado nuestra tasa de equivocación.

Recuerda que el silencio no es un enemigo. No pasa nada si hay unos segundos en los que nadie dice nada. Y tampoco es grave si tardas unos segundos en contestar a una pregunta. Aunque no tengas ni idea, el simple hecho de pensar antes de hablar te diferenciará de los que hablan sin parar.

Tenía un amigo que decía que deberían haberle dado dos bocas, porque tenía mucho que decir. Aunque le taparas la boca, hablaba por los codos. Era tremendo. Me llevaba muy bien con él, aunque tengo que decir que media hora en su compañía era una experiencia intensa. También he estado con personas que no hablan aunque les apuntes con un arma. Casi tienes que usar un garfio para sacarles las palabras de la garganta. En fin. Una cosa es llevarse bien con el silencio, y otra esconderse tras él.

Algo que he aprendido de varios amigos que han vivido en países diferentes a España, sobre todo, nórdicos, es a no interrumpir a alguien cuando habla. Esto es algo típicamente español. Pisar al otro y elevar la voz. Es muy divertido, pero poco efectivo; frustrante a veces. Se puede conversar y disfrutar sin necesidad de parecer tertulianos de la tele. Si todos se esfuerzan por ser breves en sus intervenciones, y los demás esperan pacientemente hasta que haya una pausa, la conversación es mucho más fluida y natural.

En todo caso, la clave, como de costumbre, es el equilibrio. Conversar es un arte que se está perdiendo. Ya nadie se imagina yendo por la noche al raso, para contar y escuchar historias bajo el cielo estrellado, al lado de una buena fogata. Ahora somos más modernos. Pero seguimos teniendo boca (una), y dos ojos y dos orejas. Aprovechemos para usarlos bien.

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