Me encanta aprender. Desde pequeñito. Lo disfruto muchísimo. Soy de esos que, cuando detecta algo nuevo, oriento las antenas y digo: «cuéntame más». Y si tú estás leyendo esto, doy por hecho que también eres de este selecto club, en vías de extinción.
Después de años buscando mejores formas de aprender (meta-aprendizaje, o aprender a aprender), probando diferentes sistemas, mejorando la velocidad de lectura, filtrando fuentes de información, creo que he encontrado un cimiento, una base desde donde se puede construir.
Diría que solo existen 3 formas de aprender. Dos de ellas las usan los bebés, y la tercera, los adultos. Los bebés no pueden usar la tercera, y los adultos podrían usar las 3, pero se quedan solo con una.
Venga, vamos con ello.
1. Acción y efecto (prueba a ver qué pasa)
La primera forma de aprendizaje es probar a ver qué pasa. Los bebés no pueden comparar con datos previos ni adquirir información teórica compleja. Así que, en muchas ocasiones, simplemente generan una acción, y observan la reacción.
Por ejemplo, si le das un cochecito de juguete a un bebé, lo más probable es que lo deje caer. La reacción inicial es que el coche desciende bruscamente, da un golpe en el suelo, rebota, y deja de moverse. Poco después, irremediablemente, aparece un adulto a darle el cochecito de nuevo al bebé.
Como podrás imaginar, esto es una golosina para el bebé. Está aprendiendo los efectos de la física, y del chantaje emocional, todo en uno.
2. Imitación
La segunda forma de aprendizaje es por imitación. Como el bebé no ha hecho lo que se esperaba con el cochecito, que era situarlo en el suelo y hacerlo rodar, el adulto, después de un rato frustrante, se humilla haciendo ruidos tontos, y le enseña al bebé cómo hay que jugar con el cochecito.
Con suerte, el bebé observará y poco después, en un momento aleatorio (cuando le apetezca), usará esa información para intentar imitar lo que vio hacer al adulto. Lo más probable es que hacer rodar el coche le parezca mucho menos divertido que dejarlo caer al suelo.
Esta forma de aprendizaje realmente podría considerarse acción y efecto, porque hasta que el bebé no prueba por sí mismo lo que vio, sigue siendo teoría. Sí, ya se que en ámbitos científicos, la teoría también es aprendizaje, pero al final, hasta que no lo pruebes, no lo compruebas. Las leyes de la física son muy estables y sirven para teorizar el movimiento de los agujeros negros, peeeero, de pronto hay cosas que no funcionan así. Física cuántica le llaman. Y ya está, lo que pensabas que habías aprendido, ahora lo tienes que desaprender.
Bueno, que me lío. La cuestión es que la segunda forma de aprender (por imitación), se materializa cuando se prueba.
3. Comparación
La tercera forma de aprendizaje es por comparación. Sin necesidad de imitar, ni de probar nada, puedes comparar algo nuevo con datos previos. Esto te va a permitir categorizar mentalmente, prever resultados, y de nuevo, teorizar. Otra vez, está la cuestión de que, mientras no lo pruebes, solo será teoría.
El punto es que es un sistema de aprendizaje diferente a los anteriores. De hecho, los bebés no pueden usarlo al no tener un acumulativo de datos guardados. Les resulta muy difícil comparar.
Hay una charla que me encanta sobre el aprendizaje, donde se muestra un ejemplo buenísimo de este sistema de comparación que usa el cerebro. La charla entera merece la pena, pero si quieres ir a tiro hecho, es el experimento 2, en el minuto 27.
Lo que demuestra este ejercicio es que relacionar algo nuevo con algo que ya conocías es una de las maneras más efectivas de aprender.
Por eso las comparaciones son tan potentes.
En resumen:
Si queremos aprender mejor, hay que ser más como niños, y menos como adultos aburridos. Por eso, la próxima vez que se te presente la oportunidad de probar algo nuevo, lánzate. Observa el cochecito cayendo, y disfruta viendo al resto de adultos dándotelo de nuevo.
Lo curioso con estos tres sistemas de aprendizaje es que, a medida que vamos creciendo, dejamos de usar los sistemas de prueba y efecto, y de imitación, y nos centramos en adquirir datos nuevos con la esperanza de que se correlacionen con algo que ya sabíamos. Y así, mágicamente, las líneas se van conectando.
Y ok, está bien. Ya es algo. La mayoría de las personas ni siquiera se esfuerzan por leer un libro que no sea una película escrita.
Sin embargo, hasta las personas más estudiosas suelen prescindir de las dos formas de aprendizaje más potentes: la prueba de a ver qué pasa, y la imitación. Sí, a muchos adultos nos da vergüenza, nos da miedo, no queremos arriesgar, no queremos quedar como bobos. Pero estos dos sistemas funcionan.
Hagamos un paréntesis. ¿Has visto ese tipo de persona que huye de los libros como un gato del agua y que, aún así, parece tener una inteligencia superior? ¿De esos que no ganarían un Nobel de física, pero son capaces de sacar adelante un emprendimiento brillante? Pregúntate cómo aprenden. ¿Será por imitación y por prueba y error? Por supuesto.
La gente que rompe los límites, que piensa fuera de la caja, que prueba cosas aparentemente sin sentido, que no se cortan en imitar a otros, esos son los que más aprenden. Incluso aunque yerren en muchas ocasiones, su aprendizaje sigue siendo superior.
Por eso, la próxima vez que se te presente la oportunidad de probar algo nuevo, lánzate. Observa el cochecito cayendo, y disfruta viendo al resto de adultos dándotelo de nuevo.