¿Te ha pasado alguna vez estar dándolo todo, trabajando a tope, y observar a uno o más individuos que, pudiendo hacer más, pasan olímpicamente? ¿Has sentido esa especie de ardor que va subiendo hasta que llega a la cabeza y estallas expresando alguna queja en voz alta?
Situaciones típicas son:
- Ver que alguien se cuela en una fila.
- Observar que una persona se «gasta la cara» y hace algo éticamente dudoso, y parece que le sale bien.
- Personas que cogen la baja médica porque «ay, me duele aquí en la espaldita», mientras tú te deslomas para sacar el trabajo adelante.
- Gente que vive de ayudas sin necesitarlas, que reciben viviendas del estado y se pasan el día en la playa, mientras tú tienes que trabajar y a duras penas pagas la hipoteca.
- Estafadores que salen de rositas o con una pequeña reprimenda.
- Ese familiar que va a alguna celebración, llega tarde, disfruta del baile y de la comida, pero cuando hay que arrimar el hombro de alguna manera, desaparece como un mago.
- Quejistas profesionales, que siempre les pasa algo por lo que no pueden cumplir con lo que prometieron, y al final, acabas haciéndolo tú.
- … (La lista es interminable)
La aparente ecuación del caradura
A primera vista, parece que a este tipo de personajes les va bien. Crucerito por el Caribe, fotos super chulas en Instagram, tumbaditos en el sofá viendo el catálogo completo del Netflix… Y todo, sin ningún esfuerzo, como caído del cielo.
A ti no te cuadra el tema, porque cuando lo intentas, el resultado es distinto. Un día que no vas al trabajo, y toda la ira acumulada del jefe se vuelca en ti mientras te quedas con cara de bobo intentando señalar a tu compañero caradura y decir: «¿Y ese?».
Te esfuerzas y te esfuerzas, y sí, consigues resultados, pero nada que ver con ese grupo cada vez más numeroso de gente que «trabajuega» mientras acumula millones en el banco.
Es como si el universo tuviera dos leyes físicas, una para los espabilaos, y otra para ti. Pero claro, tus normas morales no te permiten saltarte el semáforo, ni aprovecharte de un pobrecito. Se te pasa por la cabeza, pero tu Pepito Grillo te lo impide. Y te preguntas: «¿Cómo son capaces?».
El otro día, en una fiesta, se nombró un camarero por mesa. Este camarero tenía que ir a buscar los platos de tarta. Resultó que, por un lado empezaron a llegar un montón de jóvenes (caraduras), que se iban colando hasta que acabaron con la tarta. Los pobrecitos que siguieron las normas, se quedaron, ellos y sus mesas, sin tarta. Algunos de los que estaban en las mesas de los caraduras, repitieron, mientras que hubo mesas que no supieron si la tarta era de fresa o de chocolate.
Pensando en el tema, hablé con uno de los responsables de la fiesta, le comenté el asunto, y le pregunté… ¿qué hacemos? Su respuesta, pensando seguramente en su vida, más que en la fiesta, fue: «Aguantarte».
Esta disonancia termina por salir a la superficie de alguna manera. Hay quien tira la toalla, y termina pasando de todo. Está el que vive amargado intentando solucionar la ecuación. Y otros, sencillamente, imitan al caradura y se unen al club.
La verdadera ecuación
Tengo una teoría. A las personas que huyen del esfuerzo, entre los que están los caraduras, les suele ir bien porque son mayoría. Si en una empresa hay 100 empleados, probablemente más de 50 irán a trabajar porque no les queda más remedio. Intentarán escurrir el bulto y hacer lo mínimo posible para que no les echen a la calle. Al ser mayoría los que piensan así, ¿crees de verdad que van a dejarte progresar a ti, que eres el que te esfuerzas, el que les pones en vergüenza, el que les obligas a sudar?
*Y sí, te hablo a ti, sabiendo que tú no eres de esos. Tengo la total seguridad de que los caraduras no leen este tipo de contenido. Si acaso leen algo.
Más allá de mi teoría, igualmente, la ecuación está errónea. En realidad, tú solo estás viendo una fracción. Ves la foto de Instagram, el trozo de tarta que se comieron. Te falta contexto.
La verdad es que cada acción tiene una reacción. A corto plazo, puede ser que te salga la jugada. Pero a largo plazo, no conozco a nadie que consiga resultados excelentes haciendo trampas. El mundo es injusto, hay cosas malas que no se pueden evitar. Sin embargo, en general, la ley de acción-reacción equilibra la balanza.
Los caraduras que se saltan el semáforo tienen muchas probabilidades de recibir una multa o tener un accidente. ¿Que puede ser que nunca te hayas saltado un semáforo y tengas un accidente? Sí, claro. La cuestión es que es más difícil. Es estadística.
Es duro irte a estudiar mientras los colegas se van a tomar cervezas. Pero más duro es trabajar en la obra mientras tú trabajas de funcionario porque te sacaste las oposiciones.
La ley de causa-efecto es inevitable. No puedes tener buenos ingresos sin trabajar duro. No vas a conseguir músculo sin ejercicio. No se mantienen los amigos si no te acuerdas de ellos. No se obtienen resultados sin organización.
Los caraduras tienen su momento de gloria, poco más. Y ni siquiera creo que lo disfruten tanto. Es posible que lo hagan sin darse cuenta, sin ser conscientes de que, mientras se ríen, otros les miran mal.
La solución para no frustrarte con los caraduras
Al examinar el contexto, uno se da cuenta de que, si bien estamos en minoría, los resultados terminan llegando.
No hablo de ser la portada de Forbes. Me refiero a tener a tu lado a una buena familia, a gente que te quiere. A ser respetado por tu trabajo, a ganarte bien la vida, con tu esfuerzo. A llegar a casa por la noche, y sentirte bien por haber hecho lo mejor que habías podido.
Hay varios puntos a tener en cuenta si no queremos que los caraduras nos llenen de malas vibras:
- Trabaja para ti. No pierdas tu tiempo mirando las fotos de los demás. Solo muestran lo bueno, no sus sistemas para lograrlo. De hecho, si intentaras replicar lo que hacen, el resultado sería un desastre tan grande que solo encontrarías algo de satisfacción publicando alguna foto chula.
- Sé consecuente. Con lo que haces, con lo que quieres, con lo que ofreces. Si trabajas mejor, van a pedir más de ti. Si ofreces mucho, se acostumbrarán. No esperes palmaditas en la espalda. Espera resultados. Sistema y resultados. No hay más.
- No compartas tus éxitos. Disfruta en silencio. Si te levantaste temprano, corriste unos kilómetros y te bañaste en una piscina natural mientras salía el sol, no lo publiques. Quédatelo para ti. Muchos caraduras también son envidiosos. Incluso la gente de bien puede sentir algo de envidia, sobre todo si les pillas trabajando. Un cuerpo en forma, unas finanzas saneadas, relaciones sanas… eso ya habla suficiente de si te va bien o no. Las fotos, para tus recuerdos.
- Entiende que todo el mundo hace lo que cree mejor. Si no, no lo haría. Los caraduras creen que les va a ir bien así. Crianza, genética, ignorancia, no lo sé, el caso es que de verdad piensan que lo están haciendo bien. No los juzgues. No les castigues mentalmente. No busques venganza, ni justicia. No los vas a cambiar. Simplemente son personas esforzándose a su manera. Si acaso, intenta percibir lo que no se ve de su ecuación.
- Cuida el entorno. No puedes transformar a las personas, pero sí puedes modificar tu entorno y juntarte todo lo que puedas con gente que te haga bien, te respete y compartan tus valores. Los caraduras, lejos.
- Establece principios. Si tienes una lista de valores, te será más fácil actuar de una manera concreta, por mucho que a otros les pueda ir bien hacer lo contrario.
En resumen:
La justicia es un sentimiento muy humano, que se agudiza a medida que aprendes, y que te esfuerzas por hacer lo correcto. Supongo que algunas personas llevan una dosis extra de fábrica.
No sé si se puede evitar esa sensación de ardor que mencionaba al principio. Te lo digo porque a mí, en ocasiones, me cuesta mucho contenerla. De hecho, este artículo es un volcado para comprender. Así que, si te ha pasado algo similar, si tienes algún consejo, por favor, no te cortes.