¿Qué es mejor? ¿Ignorar tus limitaciones? ¿O aceptarlas?

Estando de vacaciones, vimos una escena de esas que se te quedan para siempre. Un gato, de color gris perlado, comenzó a caminar de manera extraña. Parecía borracho. Era a la vez gracioso y a la vez muy triste. Daba dos pasos, se tambaleaba y se caía a un lado. Tomaba aliento, y volvía a continuar. Por momentos, solo faltaba la banda sonora de alguna canción movidita.

¿Qué le pasaba al gato?

El caso es que los que estábamos viendo la escena, llegamos a la conclusión de que el gato estaba enfermo. Alguien dijo que se había caído. Otra persona dijo que le habían envenenado.

Pasaron un par de días y volvimos a ver al gato y su característica forma de caminar. Con mucha dificultad, recogía algún trozo de comida del suelo. Todo su cuerpo parecía estar bailando constantemente, incluyendo su cabecita. Así que imagina lo difícil que era acertar a agarrar con la boca algo del suelo. Entonces, una señora que andaba por ahí nos explicó que el gato en cuestión llevaba días así. Lo de la caída grave o el envenenamiento se descartó; no habría durado tanto vivo.

La tercera vez que lo vimos, un señor me explicó que el gato no era un gato, sino una gata. Parece que tiene algún defecto neuro-motor genético. De hecho, la gata ha tenido crías, que han salido con el mismo problema. Los empleados del lugar se llevaron a su casa las crías.

Lo cierto es que no me fío del todo de ninguna versión. Pero si fue tal y como me dijo este señor, ¡es espectacular! Esa gata, que parecía que no iba a durar ni un día, llevaba años así, y hasta era madre. Y todo, con ese problemón encima.

Así que pensé… ¿será la gata consciente de sus limitaciones?

¿Deberíamos ser conscientes de nuestras limitaciones?

Es decir, si cualquiera de nosotros tuviera un problema motor parecido, rápidamente seríamos conscientes de lo mucho que nos limita la vida. Dependiendo de dónde naciéramos, nos darían tratamientos especiales, nos llevarían a aulas adaptadas, recibiríamos burlas de otros niños, y ya de adultos, con suerte, nos darían algún trabajo acorde a nuestras capacidades.

Sí, claro. Hay personas extraordinarias que han logrado hazañas a pesar de tener dificultades físicas. Pero aún en estos casos, son muy conscientes de sus limitaciones. No me parece que la vida de aquella gata sea lo mismo, sobre todo de cara a sus congéneres.

De ahí la pregunta del título. ¿Deberíamos ser conscientes de nuestras limitaciones para así adaptarnos? ¿O deberíamos ignorarlas -como parecía hacer la gata de la historia- para así lograr retos que a priori parecerían imposibles?

En el caso de limitaciones físicas, la respuesta puede ser un término medio. Y seguramente, habrá que tomar decisiones porque nadie puede ignorar que le falte una extremidad o algo similar. Tendrá que adaptarse y luchar y a veces ignorar su situación para avanzar.

Pero… ¿qué hay de otro tipo de limitaciones? Por ejemplo, yo no soy bueno bailando. ¿Debería dejar de bailar? ¿O debería hacerme el loco y bailar en todas las fiestas? ¿O qué pasaría si soy malo bailando pero lo ignoro?

Es una cuestión interesante. De hecho, hice una búsqueda en Google con los términos “ignora tus limitaciones”. El primer artículo del ranking era “Reconoce tus limitaciones para poder avanzar”. El segundo, ojo al dato, se titulaba: “Educar jóvenes a desear y sobresalir: aprende a ignorar límites”. What’s?? ¿En qué quedamos?

Por un lado, parece lógico pensar que cuando uno es consciente de sus límites, es entonces cuando puede romperlos. Por otro lado, si uno no sabe sus límites, quizá pueda actuar de forma errónea.

No somos gatitos

Sin embargo, después de darle vueltas al coco, me di cuenta de un detalle importante. No somos gatos. Somos seres humanos, y por más que algunos se empeñen en decir eso de que somos un animal más, no es cierto. Hay una diferencia enorme entre el animal más inteligente y un ser humano. Así que no creo que podamos ignorar nuestras limitaciones igual que como parecía hacer la gatita. No. Y por eso el debate no es si ser o no conscientes de las limitaciones, sino si ignorarlas a propósito o aceptarlas.

Como alguien que se dedica a buscar la máxima efectividad en todo, creo que la base para actuar de la forma idónea está en tener datos correctos. Y eso pasa por entender nuestras limitaciones lo mejor posible. Tanto para bien como para mal.

Ojo! Un límite mental que no hemos comprobado es una jaula imaginaria. Un limite impuesto de forma externa, como el de que uno es menos inteligente porque no se le dan bien las matemáticas te puede coartar, cuando la realidad es que puedes ser muy inteligente en otras materias. Decir “no me gusta el pimiento” cuando no lo hemos probado es una insensatez.

Pero también lo contrario. Solo aprenderé a bailar si sé que bailo mal en comparación con el promedio. Si lo ignoro, si quiero creerme otra cosa, seguiré bailando mal. Así de simple.

No hay que confundir esto con autoimponerse límites inexistentes. El punto ideal es el equilibrio. Y es evidente que para esto hace falta conocerse muy muy bien. La ventana de Johari o el llamado cuadrante del saber son técnicas que pueden ayudar mucho aquí.

Reconocer un límite tampoco debe llevar a inactividad. Una vez que sabemos dónde está el límite, podemos dejarlo ahí, o romperlo (como vimos hace tiempo, apuntar a la luna y no a las estrellas). Es una decisión, solo que ahora, es consciente. Ya lo dice cierto cuento: no es la piedra, sino lo que haces con ella.

En definitiva, y dado que no somos gatitos, creo que la conclusión es simple. Seamos conscientes de nuestras verdaderas limitaciones, para decidir si las rompemos o nos adaptamos y buscamos otra guerra.