Eliza, la abuela de Siri y de Alexa

¿Te consideras alguien que sabe conversar? O como suelen ilustrarlo a veces, ¿serías un buen compañero de ascensor si este se quedara atascado? Antes de responder a esta pregunta, me gustaría mostrarte una conversación entre 2 personas. Piensa en el nivel de conversación que hay.

– Todos los hombres son iguales.
+ ¿A qué se refiere?
– Siempre están incordiando con algo.
+ ¿Puede darme un ejemplo concreto?
– Bueno, mi novio me hizo venir aquí.
+ Su novio la hizo venir aquí.
– Dice que me deprimo mucho.
+ Siento oír que se deprime.
– Es cierto. Soy infeliz.
+ ¿Cree que venir aquí la ayudará a no ser infeliz?
– Necesito ayuda, eso seguro.
+ ¿Qué significaría para usted recibir ayuda?
– Tal vez podría aprender a llevarme bien con mi madre.
+ Cuénteme más de su familia.
– Mi madre me cuida.
+ ¿Quién más de su familia la cuida?
– Mi padre.
+ Su padre.
– Usted se parece a él en algunas cosas.
+ ¿Qué parecidos encuentra?
– Usted no es muy agresivo, pero creo que no quiere que yo lo note.
+ ¿Qué le hace pensar que no soy muy agresivo?
– Que no discute conmigo.
+ ¿Por qué cree que no discuto con usted?
– Porque me tiene miedo.
+ ¿Le gusta pensar que le tengo miedo?
– Mi padre le tiene miedo a todo el mundo

¿Qué te ha parecido esta conversación? ¿Le darías una nota alta, baja? A mí me recordó a las típicas consultas del psicólogo con su paciente. De esas que aparecen en películas pero que nada tienen que ver con el ejercicio de la psicología profesional.

Lo sorprendente es que este diálogo se dio entre 1964 y 1966 entre una participante en un programa y… un ordenador. Sí, al programa informático le llamaron Eliza, y bien podríamos considerarla la abuela de Siri, Alexa y muchos otros algoritmos más modernos. Da miedo, ¿verdad?

El libro “Superficiales”, de Nicholas Carr explica cómo se llevaron a cabo las diferentes pruebas, y cómo se diseñó el programa que era capaz de responder con tanta… ¿humanidad?

En realidad, Eliza no era tan avanzada. Lo único que hacía era reconocer la palabra o sintagma más destacado de una oración, y después, transformar la oración en otra nueva que parecía ser la respuesta a la original. Por ejemplo, si tú decías: “Estoy muy blablabla“, la máquina contestaba: “¿Desde cuándo esta muy blablabla?”.

Obviamente, si se aplicara un simple test de Turing, hecho precisamente para analizar la inteligencia artificial, Eliza hubiese fallado. Por más que la conversación citada pueda ser impresionante, 5 minutos más tonteando con la máquina y empezaría a decir frases fuera de sentido.

Ahora estamos en el año 2022. Han pasado casi 60 años. El punto detrás de todo esto es una antigua discusión: ¿se podría simular una mente humana mediante algoritmos? ¿Podría llegar a imitarse una conversación humana? Esa sigue siendo la intención de algunas empresas tecnológicas.

Actualmente, cualquier desarrollador web puede poner un bot conversacional. También los has oído cuando llamas a la compañía telefónica. Y seguro muchos asentirán si digo que has pedido a Alexa o a Siri que te cuente un chiste. Cada vez, Google entiende más lo que queremos buscar, y pronto estará mandándote mensajes con resultados de búsquedas, antes incluso de que las hagas.

Muchos nos reímos de estos bots, porque todavía son muy bobos. Pero la carrera por intentar imitar el funcionamiento de la mente sigue en marcha. Coincido con Nicholas Carr en que la mente es demasiado compleja como para que una máquina la imite a base de ceros y unos. Aún así, la calidad de los bots conversacionales seguirá mejorando gracias a la cosecha de datos a la que nos vemos sometidos millones de usuarios, y al machine learning.

Ahora bien, el objetivo de este artículo era la pregunta del inicio: ¿te consideras buen conversador o conversadora? Saber escuchar, y responder de forma mecánica con frases hechas no es gran cosa. Eliza ya lo hacía hace 60 años.

Hay muchas cosas que nos hacen humanos. Una es la capacidad de comunicarnos (poner cosas en común). Sé que dedicar tiempo y enfoque a conversar no parece muy efectivo. Pero, ¿qué es la vida si la vivimos en soledad? (Perdón; el móvil no cuenta como compañía).

¿Estamos de verdad prestando atención cuando nos hablan? ¿Nos tomamos el tiempo de elegir las palabras adecuadas? Creo sinceramente que el arte de conversar se está perdiendo. Mucho tienen que ver las constantes interrupciones de los dispositivos que llevamos a todas partes.

Así, sirva este artículo para recordarnos la importancia de tener conversaciones de calidad. Una sencilla meta sería disfrutar de unos minutos de conversación sin pantallas cerca. Quizá con nuestra familia, con algún amigo o compañero de trabajo o de estudios. O con un vecino. Da igual. Sin prisas, como si el ascensor se hubiera atascado.

Quizá no parezca algo muy productivo, pero seguro que cada día podremos sentirnos un poquito más llenos. Y de eso va efectivida, ¿no? Efectividad, pero sin olvidar las cosas importantes de la vida.

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