El coste de oportunidad de la alimentación

Hacer algo cuando podrías estar haciendo algo mejor. Esta podría ser una definición breve del coste de oportunidad. Claro, probablemente hay infinitas opciones mejores. Pero creo que todos somos capaces de saber si hemos desperdiciado una oportunidad.

Hace un tiempo, estaba pasando un rato, haciendo nada, con gente que no me apetecía, mientras mis amigos estaban de juerga sin mí. ¿Te imaginas la sensación? Pff. ¡Eso es el coste de oportunidad aplicado a la vida!

Pero se puede aplicar a más cosas. Por ejemplo, a la alimentación.

Algunos datos sobre nuestra alimentación

A menos que seas un elefante, tu máxima capacidad para ingerir alimentos estará en un par de kilos diarios en promedio. Puedes encontrar un interesante resumen de qué comemos los españoles aquí. Por ejemplo, la imagen de abajo muestra el promedio de consumo anual en España:

La cuestión es qué vas a elegir comer. Muchas personas no se plantean esta elección. Simplemente comen lo que les sirven en el plato, lo que pueden, o lo que una maravillosa técnica de marketing les ha metido en el hipotálamo.

Otros usan la técnica de “no es tan malo” para ingerir verdaderos venenos.

Pero queremos pasar de nivel en el juego de la efectividad, ¿verdad?

Hay personas que son capaces de elegir los alimentos usando la base del coste de oportunidad. Se hacen algunas preguntas sencillas. “Este alimento, ¿qué me va a aportar? ¿qué nutrientes me voy a perder si consumo esto en vez de aquello? ¿qué necesidades fisiológicas tengo?”

Pongamos un ejemplo sencillo. Comer una hoja de papel probablemente no te matará. Pero tampoco te aportará nada sano.

Cómo saber lo que me aporta un alimento

Ahora, ¿cómo puedo saber lo que me aporta un alimento? No te preocupes que no hace falta que vayas a la universidad a hacer un postgrado. Sin llegar a ese nivel de experto, y aplicando la efectividad (pocos recursos para lograr un objetivo), puedes recurrir a dos simples trucos.

  1. Mirar los ingredientes. Si se trata de un procesado, tendrás que mirar con qué está hecho. En la etiqueta te vas a topar con un montón de nombres raros que normalmente camuflan sustancias no demasiado buenas para ti. El mejor consejo es comer comida poco o nada procesada. Si quieres un resumen muy útil para saber leer etiquetas, lo tienes aquí.
  2. Ver el índice nutricional o la densidad nutricional. Por ejemplo, Wikipedia tiene un interesante listado que ordena los alimentos en una escala del 1 al 100 según lo que nos aporta. Para el cálculo, usaron un algoritmo que tenía en cuenta la grasa, proteínas, calorías, vitaminas, etc. Como curiosidad, sale como ganador el brócoli, empatado con los arándanos, la okra, la naranja, y las judías verdes. Salen perdiendo las bebidas gaseosas y las galletas saladas. Otra página interesante es el listado de la fao, que te indica los nutrientes promedio de cada alimento. Una tercera que resume la idea es esta.

De todas formas, la idea es muy sencilla. No puedes comer todo de todo. Así que vas a tener que escoger. Puedes elegir alimentos que te nutran mucho o poco. Cuando vayas a hacer la compra, ¿qué alimentos elegirás? Después, cuando vayas a comer, ¿qué vas a elegir consumir?

Obvio que la primera pregunta es vital. Porque si solo compras alimentos de calidad, no te vas a tener que enfrentar a tentaciones al abrir la nevera o el armario.

Por qué alimentarse mejor

Si elegimos un alimento con baja densidad nutricional o muy procesado, habremos saciado el hambre, pero nuestro organismo no habrá recibido las dosis necesarias de proteínas, grasas, vitaminas, y todo eso que necesitamos para funcionar. Esto le obligará a trabajar más y a pedirte más alimentos. Imagina lo que pasará si sigues la rueda. Más kilos, menos energía.

Y no solo te afectará de forma estética. Tu mente no funcionará igual. Descansarás peor, tendrás más posibilidades de estar enfermo, se reducirá tu esperanza de vida, y podría seguir un buen rato dando malas noticias.

No hace falta obsesionarse, ni dedicar todo tu tiempo a aprender. Basta con investigar un poco. En realidad, como muchas otras cosas en la vida, se trata de elecciones. Elecciones simples, que, repetidas a lo largo de los años, marcan la diferencia y nos permiten (o no) ser personas más efectivas.

*Imagen de cabecera: silviarita en Pixabay

¡Suscríbete al podcast!