Cómo calmar el perfeccionismo

Si te gusta la productividad, seguramente conoces de cerca al fantasma del perfeccionismo. Es un monstruo exigente, que te dice una y otra vez: “Puedes hacerlo mejor”. Te exprime para sacarte el jugo. Usa mil y un trucos para presionarte. Y lo peor es que vive dentro de ti. ¿Te suena su cara?

No vamos a entrar aquí en definir qué es el perfeccionismo (todos sabemos lo que es) ni en hablar de los pésimos resultados de ser perfeccionista (es una lista tan larga como la de los reyes godos). Solo baste decir que un perfeccionista imperfecto no puede ser feliz. Y todos queremos ser felices, ¿verdad?

El problema de buscar lo perfecto es que es inalcanzable. Cuando crees que lo tienes agarrado, va y se escurre. Por eso pienso que una de las mejores técnicas contra el perfeccionismo es ponerse límites.

Vamos a aterrizar la idea, porque de eso va este artículo.

Imagina que tienes cierta autoridad en tu empresa. Entre otras cosas, puedes convocar reuniones. ¡Guau! Además, en forma de reconocimiento, otras personas te invitan a sus reuniones. ¡Guau! Ahora, piensa. ¿A cuántas reuniones debes ir hasta que sientas que tienes el control absoluto? ¿Cuántas crees que sería el número “perfecto”? Y otra pregunta todavía más importante. ¿Cuál es el límite de reuniones a las que podrás ir sin que te estorbe para hacer trabajo de verdad?

Al establecer un límite, todo es más sencillo. Pongamos 4 al mes. 2 convocadas por ti, y 2 por otras personas. Aquí el punto es que deberás elegir muy bien dónde gastar las balas. Las reuniones serán de verdad importantes, y tendras tiempo para otras tareas. No hay perfeccionismo, porque hay un número definido.

Vamos con otro ejemplo. Una de las cosas más frustrantes para un pefeccionista es contar con una lista de tareas. De hecho, yo soy enemigo de las listas de tareas y las descarté cuando ideé mi método de organización. Pero eso es otro tema. La cuestión es que las listas irán engordando sin límites, y el perfeccionista se frustrará cada vez más porque no logra adelgazarlas. ¡Pongamos un límite! Digamos que, por ejemplo, tu lista de tareas pendientes solo puede tener 10 ítems. Así que, si ya hay 10, y quieres meter otro, tendrás que borrar algo de la lista. Si terminas una tarea, disfrutarás de la feliz sensación de tachar un elemento de la lista. Y… ¡voilá! Ya puedes meter otra nueva tarea super-importante.

Este ejemplo me encanta. ¿Cuánto dinero es “perfecto” para ti? Porque resulta que no hay fin para esto. Siempre puedes esforzarte por un poco más de plata. Ok. ¿Le ponemos límite? Puedes establecer una cantidad de dinero al mes que te permita llenar los 5 botes (10% de ahorro, 10% en proyectos, 10% en donaciones, 10% en educación, y 10% en lujos), además del 50% en gastos. Una vez alcanzada esa cifra límite al mes, ¿para qué necesitas trabajar más horas?

Vamos con un ejemplo muy típico. Tienes que presentar un proyecto. El problema es que, por más que te esmeres, nunca será lo suficientemente bueno para ti. Pero, ¿qué pasa si le ponemos límites? Vamos a ponerle un límite de trabajar en el proyecto 2 horas al día durante una semana. Ni un minuto más, ni un minuto menos.

Lo bueno de ponerse límites es que se puede aplicar a cualquier cosa en la vida, desde la ropa que vas a tener en tu armario a la cantidad de amigos que puedes mantener atendidos.

Eso sí. Hay que hacer un par de advertencias. ¡Ooooooh!

  • Pongamos límites a lo que nos causa frustración. El resto no es tan necesario. Tampoco hace falta limitar las respiraciones diarias ni cosas parecidas. ¡Eso sería perfeccionismo! Así, limitemos los límites que ponemos.
  • Los límites deben ser específicos. No vale “quiero tener dinero hasta que esté satisfecho con mi vida”.
  • Los límites son revisables. Lo que funcionó un tiempo no tiene que funcionar toda la vida. No hay ningún problema por cambiar una cifra.
  • Es bueno compartir los límites con los amigos, familia y compañeros. El expresarlos públicamente nos ayudará a cumplirlos.

Ponerse límites es feeenoomeenaal. Te permite calmar al monstruo del perfeccionismo. Es como si le dijeras: “Te fastidias. Esta cifra es la perfecta para mí y aquí me paro.”

Los límites te impiden frustrarte intentando alcanzar lo inalcanzable. Además, te dan claridad de campo, te ahorran decisiones y te ayudan a equilibrar las áreas y responsabilidades de la vida.

Si te fijas, no hemos eliminado el perfeccionismo. Al contrario, nos hemos hecho amigos de él. El cambio está en que antes no habíamos definido qué era perfecto, y por eso nunca llegábamos a lograrlo. Siempre había un “un poquito más; un poquito mejor”. Ahora, hemos decidido qué es perfecto para nosotros.

Me he reservado lo mejor para el final. Todo esto suena ideal. Pero yo también estoy cansado de leer libros que te dan ideas espectaculares, y que, al aplicarlas, sorpresa, ves que era demasiado bonito para ser verdad.

¿Por qué todo lo que te he dicho no funciona (todavía)?

Muy sencillo. Falta el límite por excelencia: el tiempo. Puedes ponerte los límites que te apetezcan, y te parecerá genial. La cuestión es: ¿te da tiempo a todo eso? Con frecuencia, el perfeccionista sufre porque no puede hacer todo lo que le gustaría. Además, somos tremendamente positivos al creer que podremos hacer tantas cosas.

Y es que no, no puedes comerte una manzana al día, hacer ejercicio, una buena obra, trabajar hasta cumplir las expectativas de tu jefe, escribir un diario, donar a la caridad, terminar tu libro, mantener las redes sociales contentas, descansar 8 horas, estar al día con las noticias, atender a tus hijos, meditar, sacar la basura………..… etc, etc, etc, etc. ¡NO DA TIEMPO!

¿Solución? Traslada todo, absolutamente todo, al calendario. Pon bloques de tiempo para todos esos límites que te has puesto. Primero, empieza colocando bloques periódicos de tiempo para las actividades cotidianas, como el horario de trabajo, las comidas, el ejercicio, los trayectos, compromisos… Después, ve colocando las tareas que quieres añadir a tu vida. El calendario tiene que ser un avatar de tu vida.

El resultado es que tu calendario te susurrará al oído si los límites que te has puesto son razonables o no. No va a caber todo, pero podrás sonreir al saber que cabe lo importante.

Por experiencia propia, te puedo asegurar que esto funciona. Yo era un perfeccionista típico. Recuerdo hacer terapia tirando papeles arrugados al suelo, y dejándolos un tiempo ahí sin tocarlos. He probado todo tipo de técnicas de productividad. Sin embargo, en los últimos años he logrado algo que me ha dado mucha calma. Es sencillamente, hacer lo que puedo. ¿Y cómo sé qué es lo que puedo? Gracias a los límites y al calendario.

Todavía tengo alguna crisis de perfeccionismo. Seguro que conoces la sensación. El cerebro no para de darle vueltas al tema buscando una solución ideal. Supongo que el perfeccionismo es una característica de la personalidad. No pasa nada. Son solo anécdotas en una vida bastante tranquila. Con esto no quiero decirte lo bueno que soy. Solo que se puede arreglar el problema del perfeccionismo. Créeme, salir de ahí es posible, y muy gratificante.

*Si te interesa saber cómo me organizo, te invito a ver el método C.A.R. de organización personal.

En resumen. Esta receta (poner todas tus acciones en el calendario + poner límites a tus objetivos), es el antídoto contra el perfeccionismo. ¿Recuerdas la frase de antes? “Un perfeccionista imperfecto nunca será feliz”. Compartí esta frase en el canal de Telegram, y muy acertadamente, Carme Solá le dio la vuelta: “Puedo ser feliz porque soy perfectamente imperfecto”.

Me gusta la idea. ¿Y a ti?