3 techos de papel en efectividad

Seguro que has oído la expresión “techos de cristal”. Se refiere a un conjunto de normas no escritas que impiden que alguien suba “demasiados” escalones. Un techo de cristal típico es el de las mujeres en muchas empresas. No está escrito en ningún sitio que una mujer no pueda ascender, pero el hecho es que no suele ocurrir.

El problema que le veo a los techos de cristal es si los logras romper. No me gustaría estar debajo. Así que, como yo pongo los títulos, preferí “techo de papel”. Es algo que se ve de lejos y que puedes retirar sin hacerte daño.

Aquí te dejo 3 limitantes muy comunes que, si no los rompes, no solo no te van a dejar ser alguien efectivo, sino que tampoco verás el sol de la alegría:

1. No tengo tiempo

Empezamos con el clásico de los clásicos. Es una expresión muy común. Pero también es famosa la contestación: “claro que tienes tiempo. Todo el mundo tiene el mismo tiempo”.

Ok, cierto. 24 horas. Vale, pero no es tan sencillo. Creo que lo que la persona quiere decir es: “Tengo el calendario a tope. No me quedan huecos para hacer eso, aunque me gustaría”. Si de las 24 horas, tienes asignadas las 24, casi literalmente podrías decir que no tienes tiempo. Lo respeto.

El problema no es tener o no tener tiempo. En realidad, el tiempo no es posesión de nadie. Lo que sí tenemos son prioridades. Gastamos nuestras energías y enfoque de diferentes maneras. Nos organizamos mejor o peor. Ahí está la clave.

Así que, si quieres darle un manotazo a ese techo de papel, di: “tengo que organizarme mejor”, o “creo que voy a tener que dejar de dedicar tiempo a alguna que otra cosa, y ponerme con esto”. También puedes hacer lo contrario. “Ahora mismo no quiero dedicar mi tiempo a eso; quizá más adelante”.

2. No se me da bien

¿Sabes? En algún momento de tu vida, lo que ahora crees que se te da bien, lo hacías fatal. El “no se me da bien” es hoy día, una mala excusa. Puedes aprender de todo con videos de Youtube. Nunca antes hubo tanto conocimiento disponible.

Si lo piensas, el “no se me da bien” es una variante de “no puedo cambiar; yo soy así”. Sí, cambiar no es sencillo. Pero hablamos de grandes cambios. Aprender una habilidad no es tan complicado.

Estamos ante otro techo de papel porque puedes romperlo saltando y golpeándolo con la cabeza. Nunca mejor dicho; es cuestión de usar el coco y ponerse a estudiar y a practicar.

Ahora, quizá el problema sea otro. No te gusta. No ves que sea rentable. No tienes tiempo (ve al punto anterior)… Así que, piensa en cuál es la razón real, y exprésala.

3. Yo no soy como…

Nadie te lo ha pedido. En serio. Si alguien te deja caer que seas como otra persona, dile que su negocio está en la robótica. Somos diferentes, únicos. Sería muy tonto no aprovechar eso.

Precisamente, porque no eres como los demás, tienes tu propio jardín donde plantar. Aprovecha tus características únicas y rompe ese techo de papel… a tu estilo. Al mismo tiempo, imita lo bueno de los demás. No los resultados, sino los procesos. Es más efectivo.

Claro, soy partidario de aprovechar las características comunes que nos hacen seres humanos. A partir de ahí, puedes, perfectamente, ser alguien efectivo con tu propia forma de ser. Son los matices y la diversidad lo que hace que el juego sea interesante.


Creo sinceramente que muchas personas podrían ser más efectivas si se tuvieran más respeto. Aquí deberíamos hablar de autoestima, de aprendizaje continuo, de tener a raya al ego, y de un montón de cosas más. Pero también hay algo llamado “diálogo interno”. Nos esforzamos mucho por elegir las palabras correctas para no herir a los demás. ¿Y qué pasa con nosotros? ¿Cómo nos hablamos?

Expresiones como “no tengo tiempo”, “no se me da bien”, o “yo no soy como…” son fruto de lo que nos decimos a nosotros mismos. Están en primera persona. Y aunque se las dices a los demás, tú también estás escuchando.

El simple hecho de jugar a palabras tabú con esas expresiones, y sustituirlas por otras con más sentido, puede motivarnos a romper techos de papel, limitantes de nuestro desarrollo personal.

En resumen: ¡salta!

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